viernes, 28 de marzo de 2014

Memorias de un soldado.

   La primera vez que le confesé de mi mente suicida y desequilibrada fue entre sollozos, rabia, asco y verguenza hacia mi misma, algo así como - No puedo decirle a la puta doctora que no paro ni un momento de pensar en que me quiero suicidar, no puedo decirle, che flaca mirá, que soy una suicida en potencia, lo que viene significando que quiero matarme las jodidas veinticuatro horas del día, no puedo vale? no puedo! a lo que ella respondió + entonces pediremos ayuda, pero deja ayudarte, deja que hagamos algo por vos y entonces reproché - no puedo hacer una mierda, casi no puedo moverme, me cuesta la vida abrir los ojos todas las jodidas mañanas y en vez de sonreír pensar que soy una puta cerda que aún sigue viva...
 Me siento culpable por todo el daño que le causé, se que se siente culpable de esto que me pasa y me encantaría decirle que quizá no es así, o al menos que yo no quiero que lo sea, y que lo siento, pero lo único que hago es o llorar o dormir simplemente para no pensar. Me alejé de todas las personas que tenía al lado, me fui de donde había sentido que había encontrado un lugar, no estoy segura de en lo que pensaba en esos momentos pero, todo eso me lo busqué yo misma y no haré nunca a nadie responsable de mi miseria, ni siquiera a quien contribuyó con ello.
  Aún no se si tengo el valor de poder pararme en un espejo y decir - esto soy, así me quiero, así me respeto. Pero quizá ya tenga el valor para hablarlo en futuro, creo que no hay nada imposible y aunque aún mantengo el nudo en la garganta que me asfixia tengo esperanzas de que esto cambie.

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