Estamos todo el tiempo queriendonos morir sin saber que estamos en un suicidio constante.
Nos matamos con el amor mediocre que aceptamos, creyendo que eso es lo que nos merecemos,
con las noches enteras imaginando historias con alguien que es incapaz de levantar la vista de su ombligo,
con las cicatrices que se van haciendo en nuestras muñecas,
con el cigarrillo que nos fumamos por placer,
con el odio absurdo que sentimos hacia nosotros mismos.
Nos torturamos a todas horas, todo el tiempo, y no hablo de una tortura física.
Matamos nuestra alma, nuestra esencia obligándola a vivir cosas innecesarias, sin ser conscientes de que ella, con una sonrisa, resplandece muchísimo más que el mismísimo
Sol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario