Odiaba las mañanas de verano, el calor sofocante calentando todas las paredes de la casa, dejando el aire denso y caliente, rodeada de edificios y asfalto, casi sorda por tanto ruido bochornoso, el cuerpo pegado de casi ni moverse.
Odiaba la sensación de vacío interno, el caminar por los pasillos del apartamento cual zombie, con el alma vacía, arrastrando los pies, casi sin poder ver de tantas lágrimas acumuladas.
Odiaba la vida en la ciudad, la falta de paz, de intimidad, el no salir al fondo de casa y gritar para desahogarme o abrir la cristalera del salón y rompero todos los vasos y platos y botellas de vidrio que habían ahí dentro porque seguramente un vecino estaría mirándote y llamaría a emergencias.
Odiaba el no poder hacer el amor con libertad, que el ruido de los coches suenen mas que sus gemidos en mi oído.
Odiaba las mañanas de verano y aún las odio.
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